Pregúntale al sol cuánto esfuerzo hace por madrugar tanto para salir
cada mañana, fijo que él también quiere quedarse algún día dormido en
la cama. Pregúntale a la luna cómo aguanta todas las noches en vela sin
apagarse de cansancio. Pregúntale a los árboles qué comen para crear
flores tan bonitas y vistosas o a los rosales qué pintura utilizan para
que sus rosas no pierdan el color. Pregúntale al invierno cómo puede
ser tan triste, el otoño tan apagado, la primavera tan risueña y el
verano tan feliz. Pregúntale a Julieta por qué hizo esa locura, al
príncipe cómo despertó a Blancanieves o a Drácula si todas las sangres
saben igual. Pregúntale al cielo cuántos habitantes tiene o a la
montaña por qué se encuentra tan sola. Pregúntame a mi si llorar me
duele, si sonreír me cuesta, si mis ojos están rojos de tanto llorar o
la primera pregunta que se te ocurra en la que la respuesta sea obvia.
Hay cosas que no tienen respuestas, otras es mejor no preguntarlas.
